La batalla contra el egoísmo

Filipenses 2:3-4

cimiento“Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.”

Uno de los inconvenientes más grandes a los que se enfrenta cada persona en sus relaciones sociales, familiares, y de cualquier otro tipo, no es algo fuera de sí mismo, sino en su pensamiento y su corazón. Cada día se experimenta internamente el deseo de exigir derechos y buscar el primer lugar en lo que sea, el reconocimiento de todos y la primera bendición para sus actos y pensamientos. Ese deseo continuo es propiciado por el ego, el yo interno, alimentado por la naturaleza pecaminosa de la carne.

Esto es un gran inconveniente, porque aunque parece satisfactorio en el primer instante, a la larga deja una nota amarga en los sentimientos, y un vacío en el corazón.

Diariamente nos desenvolvemos en un mundo que solo piensa en sí mismo y nos arrastra a pensar sólo en nosotros, en nuestras necesidades, en nuestros deseos. Vivimos rodeados de un egoísmo que a cada momento nos incita solo a buscar lo propio, lo que nos satisface; las filosofías, las religiones y los ideales que proclama el mundo, nos empujan a pensar sólo en nosotros, y jamás, o muy poco en los demás.

El pensamiento mundano, a pesar de que se disfraza de sabiduría, de compasión, de sacrificio, de derechos personales, de filantropía, al estar sólo enfocado en lo que el hombre hace, realiza, construye por sí mismo y no se basa en los valores universales y eternos, no deja de ser egoísta. La miseria más grande de un ser humano comienza cuando busca por sí mismo su propio lugar, su propia ventaja y su propia aprobación, sin importarle si en el proceso deja de lado a los demás, dando inicio a su propia deshumanización.

Cuando nuestro espíritu, nuestra mente y nuestro corazón son sometidos a Cristo, el amor verdadero que Él deposita en nosotros nos lleva a pensar en los demás y luchar por los demás, dejando a un lado todo aspecto mezquino y egoísta. Ya no son mis derechos, sino los derechos de los demás; ya no son mis deleites sino los deleites de los demás; ya no son sólo mis necesidades, sino las necesidades de los demás. Tal como Jesucristo nos lo mostró.

“Y el que de vosotros quiera ser el primero deberá ser el siervo de los demás” Marcos 10:44

Por: Laura E. Vázquez, directora de Difusión