Los cimientos de una verdadera independencia
Deuteronomio 6:17-18
“Debéis guardar diligentemente los mandamientos del SEÑOR vuestro Dios, y sus testimonios y estatutos que te ha mandado.
Y harás lo que es justo y bueno a los ojos del SEÑOR, para que te vaya bien, y para que entres y tomes posesión de la buena tierra que el SEÑOR juró que daría a tus padres”.
México celebra en este año el Bicentenario de su independencia como país.
A lo largo y ancho del territorio nacional, y más allá de las fronteras, cada mexicano se prepara para una celebración histórica, sin precedentes. Sin embargo, en medio del espíritu festivo que se respira, existe también un velado sentimiento de temor en todos los niveles de la sociedad. Este sentimiento no es más que la inseguridad de vivir en una nación que, a pesar de proclamarse independiente, vive esclavizada por vicios, corrupción, deshonestidad y una generalizada idolatría.
La historia de México revela que la estructura de la sociedad moderna no posee los cimientos sólidos de la Palabra de Dios; la mayoría de las personas no practica los principios y valores absolutos que podrían sustentar la vida social sin corrupción y decadencia moral, y que la falta de esos principios y valores detiene el progreso y la estabilidad, tan ansiados por los mexicanos. A pesar de que nuestro país es vasto en recursos, posee extraordinarias bellezas naturales, así como una gran riqueza intelectual y cultural, las personas viven momentos de inseguridad económica, social, familiar, incluso, personal. En pocas palabras, los mexicanos viven sólo un concepto idealizado de la verdadera libertad.
Desgraciadamente, la historia de nuestra nación está basada en una religiosidad que ha traído sólo soluciones temporales a las aflicciones de las personas, y se ha dejado de lado el conocimiento de la Ley de Dios, y la forma en que, al ser aplicada, sería factor de desarrollo y estabilidad en los ámbitos sociales, políticos, económicos, educativos e incluso religiosos que conforman nuestra sociedad.
A los mexicanos no se nos ha enseñado que la libertad y la independencia real de una nación son promesas que Dios proporciona a quienes son leales a Su soberanía, al gobierno de Cristo, y a quienes son obedientes a las leyes que nos ha dado en Su Palabra. No se nos ha mostrado que el conocimiento de Dios y de su carácter, traen la verdadera libertad de un país: “dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (Salmos 33:12)
Pero, a pesar de la decadencia moral, la corrupción que pareciese aumentar día con día, el desánimo que nos hace pensar que la inseguridad nos ha rebasado, aún tenemos la esperanza viva, fortalecida en la promesa eterna y segura de que Dios, dueño y señor de esta nación, al ser reconocido como tal, puede llevarnos a una verdadera independencia, a una libertad real, que no se celebraría con un mal entendido patriotismo, volcados en celebraciones mundanas y frívolas, determinadas en calendarios, sino que se viviría día con día, en prosperidad y estabilidad en todos los ámbitos sociales.
Por eso, en estas fechas de celebración, solidarízate en cadenas de oración por México, sus gobernantes, sus ciudadanos, las instituciones y la herencia moral que debemos dejar a nuestros hijos, manteniendo la convicción de que sólo Dios puede ayudarnos a cambiar el rumbo de la historia de esta, nuestra nación, ¡para que México viva!