La pereza

Romanos 8:11

cimiento“En lo que requiere de diligencia, no perezosos.”

La pereza es el tedio o enfado para hacer las cosas a que estamos obligados, flojera, descuido o tardanza en las acciones o movimientos. Incluso, puede causar repugnancia al trabajo.

Ser perezoso es no utilizar las facultades físicas, manuales e intelectuales que Dios nos ha dado para satisfacer nuestras propias necesidades, las de nuestros allegados, etc. Es no esforzarse cuando hay que hacerlo. La Palabra de Dios nos muestra cuáles son las consecuencias de ello y nos invita a rechazar tal actitud.

La mano negligente empobrece.
Ve a la hormiga, oh perezoso,
mira sus caminos, y sé sabio…
cruzar por un poco las manos para reposo;
así vendrá tu necesidad como caminante,
y tu pobreza como hombre armado.

Proverbios 10:4 y 6:6-11.

En dos cartas sucesivas, el apóstol Pablo recordaba a sus hermanos su propio ejemplo y les pedía que lo imitaran en el rechazo a la pereza: “Os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios” (1 Tesalonicenses 2:9; 2 Tesalonicenses 3:8).

La pereza también existe en la esfera espiritual. Los creyentes hebreos se habían hecho “tardos para oír”. Ya no eran capaces de comprender la enseñanza del apóstol y por eso él tenía que volver a exponerles las verdades de la base del cristianismo. Nosotros también corremos el riesgo de permanecer como “niños”, sin madurez espiritual, no pudiendo discernir el bien y el mal, por falta de perseverancia en leer la Palabra de Dios (Hebreos 5:11-14).

En la historia del cristianismo, uno de los síntomas de las congregaciones que han perdido su visión, es cuando permiten que la enseñanza la controlen sólo un puñado de líderes, cuando se olvidan de los necesitados y el desánimo controla su corazón, cuando sólo hay tradiciones vacías a las cuales aferrarse, abandonando su fidelidad a la Verdad que los hizo libres alguna vez.

Sin embargo, el llamado a despertar ¡es ahora! Debemos ser diligentes para escudriñar las Escrituras (Juan 5:39; 2 Timoteo 3:16-17), celosos de buenas obras (Tito 2:14) y perseverantes en la oración con acción de gracias, en pos del supremo galardón, como nos lo expresa Colosenses 3:23-24: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia”.