Si en verdad lo amas

Juan 14:15

cimiento“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.”

En esta frase tan breve, Jesús una vez más nos revela su divinidad y su propósito. El contexto en el que la dirigió a sus discípulos fue durante la última velada que tendría con ellos. Les estuvo hablando abiertamente sobre las verdades del reino, alentándolos a continuar adelante a pesar de lo que estaba por suceder, dejándoles la guía y la presencia del Espíritu Santo.

“Si me amáis…” ¿Es una invitación o un desafío? En este punto, aquella persona que ha decidido abandonar las vanidades de este mundo por la plenitud de la vida eterna, puede reconocer la inmensidad del amor que fluye desde el corazón del Padre Celestial. Es más, toda la Biblia habla de que este amor tan grande es la garantía de nuestra salvación: “Todas las sendas del Señor son amor y verdad para quienes cumplen los preceptos de su pacto.” (Salmo 25:10)

Para reconocer este amor, necesitamos la fe. La ausencia de fe en nuestro corazón nulificaría todo vestigio de amor, dejando hasta la más sublime expresión de ternura y pasión en una apariencia hueca y egoísta. Sin fe no podemos agradar a Dios, mucho menos obedecerle para guardar sus mandamientos.

Cuando guardamos sus mandamientos, aprendemos a amar realmente a nuestro prójimo, a servirlo y honrarlo tal como lo haría Jesús. No nos detendríamos a juzgarlo por sus debilidades, ni por la paja que vemos en su ojo, para avergonzarlo. Seríamos capaces de llevar su carga, de animarlo y apoyarlo en amor fraternal, cumpliendo así la ley de Cristo al negarnos a nosotros mismos.

La obediencia al mandamiento de testificar a Cristo, llevando la Palabra a un mundo hambriento de respuestas, no sería una carga, aunque por esto tuviéramos que arriesgar amistades, nuestra comodidad personal, dinero o posesiones. Jamás dejaríamos que la codicia, la envidia, los celos o cualquier raíz de pecado contaminaran este llamado supremo. El Espíritu Santo estaría sustentándonos para proclamar las buenas nuevas con humildad, con poder, sabiduría y fortaleza para lograr la meta, tal como lo vemos en el testimonio de los primeros cristianos. “La iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaria, y era edificada; y andando en el temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo, seguía creciendo”. Hechos 9:31
¿Está siendo edificada esta comunidad? ¿Se han transformado los corazones de los perdidos? ¿Son el centro del interés de la congregación, por quienes ayunan y oran? Esa es la vara que medirá el amor que tiene el pueblo de Dios hacia su Señor. No los edificios ni sus eventos, no los títulos ni los números, sino las almas libradas del infierno, ésa será verdaderamente la cosecha de amor hacia el Señor y Su obra más amada: la humanidad.